TODAS LAS VÍCTIMAS

El terremoto nos ha puesto a pensar en las víctimas de ese movimiento telúrico, que es causado por la liberación repentina de energía acumulada en el interior de la Tierra. Esta energía se produce principalmente por el movimiento y la fricción de placas en las fallas geológicas, lo que genera ondas sísmicas que sacuden la superficie. Tales eventos generan pérdidas de vidas y destrucción. Pero no hay víctimas solamente por esas causas. Colombia tiene el registro de 10 millones de víctimas causadas por la violencia o la desaparición forzada de personas inocentes, producto de las guerras ideológicas que se libran en el mundo, para favorecer políticas en algunos países que se convierten en satélites de otros. No se trata simplemente de violencia física sino de violencia verbal y que trae consecuencias gravísimas para la estabilidad social y económica de los países y territorios habitados por seres humanos.

Las consecuencias por destrucción de infraestructuras y vidas humanas a causa de las fuerzas de la naturaleza pueden solucionarse con apoyos en dinero o materiales por parte del Estado y los propios ciudadanos. Pero los muertos por la violencia reclaman fundamentalmente verdad, justicia y reparación. No es lo mismo saber que fue la naturaleza la que produjo un daño, que conocer la noticia de un asesinato o secuestro o retención y muerte por parte de grupos armados al margen de la ley, de grupos paramilitares o de armas oficiales que se dedican a limpiar la sociedad, porque ciertos parámetros ideológicos no son aceptables para los políticos o miembros de alguna agrupación humana enferma. Este tipo de sociedad es un grupo humano donde las normas comunes, los valores y la cultura dañan la salud mental y física de las personas. El psicoanalista Erich Fromm explicó que lo normal no es sano. Adaptarse a un entorno injusto o violento vuelve a las personas enfermas sin que lo noten.

La violencia destruye el tejido social y causa graves problemas mentales como depresión, ansiedad, estrés postraumático y abuso de sustancias. Esto genera un clima generalizado de miedo, desconfianza y la normalización del maltrato dentro de las comunidades. Sanar una sociedad con malestar emocional profundo exige un cambio cultural y estructural colectivo. Esto requiere garantizar el acceso universal a la salud mental, erradicar el estigma social, fomentar la empatía comunitaria, reducir la desigualdad económica y rediseñar los entornos laborales y educativos para priorizar el bienestar humano sobre la productividad extrema. Pues bien el negacionismo de la violencia paramilitar y de sectores de la guerrilla o de grupos de militares que han tornado su deber de cuidado por asesinatos selectivos,  que consideran que su violencia es mejor que la del enemigo, nos ha llevado a una fractura psicológica y psiquiátrica privada y pública que ya es intolerable.

En una sociedad y bajo el marco legal, se tiene como víctima a cualquier persona natural, persona jurídica o sujeto de derechos que, de forma individual o colectiva, haya sufrido un daño real, concreto y específico como consecuencia de eventos naturales o de una conducta punible o de la violación de sus derechos fundamentales. Cada día en Colombia aumentan las víctimas pero no las indemnizamos. ¿Cuándo los gobiernos dedicarán el dinero suficiente para restablecer todos los derechos quebrantados y las vidas perdidas? No revictimicemos a quienes han sido dañados física o moralmente. Apoyemos el perdón, el reconocimiento de la verdad y el pago para las reparaciones económicas de todos.

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