A lo largo de la historia, los grandes filósofos, pensadores y estadistas —los llamados «sabios»— han analizado el odio no solo como una baja pasión humana, sino como uno de los motores más destructivos y manipulables dentro de la política. Nicolás Maquiavelo, en su clásica obra El Príncipe, advirtió a los gobernantes sobre el peligro de este sentimiento. Explicaba que, aunque un líder puede elegir ser temido, debe evitar a toda costa ser odiado. El odio es una fuerza incontrolable que destruye la gobernabilidad y empuja a los ciudadanos a la rebelión violenta. Diversos filósofos señalan que el odio es el recurso de los demagogos porque une a las masas más rápido que las ideas. No requiere raciocinio, solo un enemigo común (un chivo expiatorio) al cual culpar de todas las crisis.
Pues bien Colombia ha sido víctima de esa destructivo sentimiento, y mucho de ello empezó, con la Constitución de 1863 que se firmó en el municipio de Rionegro, Antioquia, por una asamblea de liberales radicales presidida por Justo Arosemena y que generó muchas pequeñas guerras civiles y desórdenes internos en todas las regiones del país. Núñez habló de 9 revoluciones y alzamientos y una gran guerra civil general entre 1876 y 1878. Pasar de la federación al centralismo permitió un sosiego, lo que llevó luego a Rafael Núñez a declarar desde el balcón de la casa de gobierno: “la Constitución de 1863 ha dejado de existir”. Y si queremos más vivos ejemplos que la historia retrata, tenemos la guerra civil de 1851, cuando los conservadores se alzaron contra las reformas del gobierno liberal de José Hilario López; la de 1860 a 1862, que enfrentó al gobierno conservador con los liberales defensores del federalismo y la de los mil días de 1899 a 1902. Luego, el país vivió el periodo de la violencia entre liberales y conservadores de 1948 a 1958, como consecuencia del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán. En el 58 se pactó el frente nacional y se aplacaron los ánimos belicosos e incendiarios, llevando al reparto del poder y al apaciguamiento del odio entre los colombianos.
La polarización ha retornado con fuerza, con un país dividido, con víctimas contadas por millones, que reclaman indemnizaciones, verdad y justicia. No obstante el odio empieza a resurgir, por causa de ideologías encontradas, en la defensa de los derechos humanos y la justicia, contra el dominio del capital y de las privatizaciones de empresas y servicios. El odio en el mundo ha generado graves daños a la salud física y mental de las personas, destruyendo el tejido social y fomentando conflictos globales. Ese odio nos puede llevar a la destrucción personal, la violencia social y la pérdida de nuestra propia humanidad. La patria en medio del odio, está en peligro de destruirse a sí misma y ser absorbida por las grandes potencias que se disputan el poder mundial. La única salida hoy es la paz y los acuerdos.
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