Las democracias modernas se encuentran vulnerables al miedo o la influencia de grupos poderosos principalmente debido a la captura de las instituciones públicas por élites económicas, la manipulación de la opinión pública a través de sistemas de desinformación algorítmica y el auge de redes criminales o de poder fáctico que debilitan el Estado de derecho. Cuando la ciudadanía percibe que las políticas de su país favorecen sistemáticamente a minorías privilegiadas en lugar de al bien común, aumenta la desconfianza institucional, fracturando la cohesión social indispensable para el equilibrio democrático.
El crecimiento de las brechas económicas permite que corporaciones o élites financieras concentren un poder desproporcionado. De acuerdo con la opinión de la mayoría de las clases sociales en Colombia, los ciudadanos perciben que sus gobiernos operan para beneficiar los intereses de unos pocos. Esta «economización de la política» reduce el margen de maniobra de los gobernantes, quienes a menudo temen reformas fiscales o regulatorias por represalias de los mercados o la fuga de capitales. Pero por otra parte, esas indecisiones acarrean más desigualdad y aumentan los ciclos de violencia urbana y rural.
En las elecciones para Presidente de Colombia este 2026, la derecha extrema y grupos económicos y sociales con poder, dueños de modernos sistemas de comunicación global y redes sociales que están diseñados bajo modelos económicos y que monetizan la atención a través de la indignación y el miedo, obtuvieron la victoria por mínima diferencia frente a sectores progresistas. En efecto, las plataformas promovieron narrativas extremistas para retener los votos de maquinarias y clanes regionales, con la consigna de no reelegir al guerrillero, ni al comunismo, es decir, usando las teorías de los primeros años del siglo XX. Grupos poderosos, tanto políticos como mediáticos, instrumentalizaron los algoritmos apara sembrar dudas deliberadas sobre la integridad electoral o demonizar oponentes, restándole legitimidad al sistema.
Durante las campañas políticas, los partidos suelen apelar a las emociones más que a la razón, utilizando el miedo como una estrategia de control para movilizar o paralizar el voto. El miedo social y la ansiedad en época de elecciones se combaten principalmente mediante la desconexión digital selectiva, el desarrollo del pensamiento crítico frente a narrativas catastrofistas y el fortalecimiento de los lazos comunitarios presenciales. Hay que trabajar como una sociedad unida para defender la verdadera democracia, que es el “poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, tal como lo expresó Abraham Lincoln en 1863. No más plutocracia regional. El gobierno de los poderosos solamente sirve a los clanes políticos y a los partidos del fascismo extremo. En ese reino, las libertades se venden para que triunfe el capitalismo y para que el dinero esté por encima de la dignidad humana y la justicia social.
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