EL LENGUAJE SÍ ES IMPORTANTE

En opinión editorial de LA VANGUARDIA se expresó en 2012  el siguiente escrito: “Hoy quizás preocupen menos los aspectos formales de un discurso político. Pero, aun así, siempre es preferible aquel que está redactado con claridad y contención a aquel que destila confusión o exceso…El lenguaje político puede utilizarse de muchos modos. Con soltura, corrección, precisión, respeto y profusión léxica. Pero también de modo torpe, descuidado, ambiguo, despectivo o menesteroso. E incluso con ánimo insultante. En estos últimos casos, el lenguaje no propicia el diálogo, el entendimiento y el pacto. Por el contrario, obstaculiza la consecución de cualquiera de estos objetivos, que son pilares de la convivencia.”( https://es.wikipedia.org/wiki/La_Vanguardia).

El discurso insultante y la violencia verbal de un político producen varios efectos profundos en la sociedad y en la psicología de las personas, según estudios de comunicación política y análisis sociales: fomenta la hostilidad entre grupos con ideas distintas, profundizando brechas socioeconómicas e ideológicas; cuando una figura de autoridad insulta, sus seguidores interpretan que ese comportamiento es aceptable, replicando los agravios en su entorno o en redes sociales; a veces Se utiliza como estrategia para ocultar problemas reales de gestión, esquivar responsabilidades o desacreditar al oponente en lugar de debatir propuestas. Pero lo más grave es que normaliza el acoso, la estigmatización y los ataques hacia minorías, mujeres o contradictores, deteriorando la convivencia democrática.

El discurso violento en una sociedad polarizada actúa como un catalizador que acelera la división social, erosiona las instituciones democráticas y normaliza la agresión como herramienta política y cotidiana. En contextos donde la población ya está dividida en extremos opuestos, las palabras agresivas o deshumanizantes dejan de ser mera retórica y se transforman en detonantes conductuales. En ese entorno se deja de ver al oponente político como un conciudadano con ideas distintas y se le cataloga como un «enemigo» legítimo a destruir o silenciar. Y este es el final de cualquier sociedad democrática, porque restituir derechos y armonizar la solidaridad después de que las propias autoridades impulsaron el enfrentamiento se convierte en una causa titánica de muchos años.

A lo largo de la historia, la polarización extrema ha sido el preludio de colapsos institucionales, guerras civiles y regímenes totalitarios. Cuando una sociedad se divide radicalmente en dos bandos irreconciliables —donde el rival no es un oponente político sino un enemigo a destruir— los mecanismos democráticos y la cohesión social se rompen. La sociedad romana se fracturó severamente entre los Populares (que buscaban reformas para las clases bajas) y los Optimates (la élite aristocrática que defendía el statu quo). La polarización destruyó las normas no escritas de la política romana. El debate dio paso a la violencia callejera, asesinatos políticos y una serie de guerras civiles destructivas que terminaron con la República Romana y dieron origen al Imperio autocrático bajo el mando de César Augusto. Ojalá el odio que se respira en la “patria milagro” impulsado por DELAESPRIELLA no nos lleve a otro ciclo de violencia política en Colombia, porque sin paz todos perdemos.

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