NO VOLVER AL PASADO

Las sociedades modernas se caracterizan en cuanto a su régimen político,  por disponer de un estado racional y eficientemente organizado con la participación de sectores mayoritarios de su población en las decisiones más importantes, y por la capacidad estatal de establecer y ejecutar la planificación económica, social y cultural del país. Lo más importante de una sociedad moderna es el equilibrio entre el progreso tecnológico/científico y el mantenimiento de valores fundamentales como la libertad, la justicia y la cohesión social. Se caracteriza por la autonomía individual, la racionalidad y una economía globalizada que busca el desarrollo continuo. Es decir, una sociedad moderna no quiere regresar a épocas de decadencia. Este deterioro social progresivo se manifiesta en la pérdida de cohesión entre sectores de la sociedad, mala calidad institucional y de los estándares éticos compartidos por una comunidad y que a menudo se evidencia en la pérdida de confianza pública, el aumento de la desigualdad y el debilitamiento de la participación cívica. Pero especialmente la gente mira el estado de su economía y la corrupción que van destruyendo la moral de todos.

Bases de un sociedad renovadora se ven en la libertad y autonomía de sus integrantes porque el individuo moderno se define por la autodeterminación, la emancipación de tradiciones antiguas y la capacidad de elegir su propio camino. Nadie quiere volver al pasado, cuando hacia el futuro visualizamos un Estado interconectado, dinámico y diverso, donde encontremos un profundo intercambio cultural. Además, avance continuo en industrialización, tecnología y la capacidad de mejorar continuamente la vida a través del conocimiento y el saber. La ausencia de valores morales puede llevar a decisiones que priorizan el beneficio personal sobre el bienestar de los demás. Esto puede resultar en injusticias sistémicas, violaciones de derechos humanos y malestar social . En puestos de poder, la toma de decisiones es un desafío constante. Pero el Uribismo, que desea a toda costa volver a gobernar solamente tiene 2 objetivos: la guerra y el monopolio del poder para las élites, los clanes y los ricos, como lo ha demostrado a lo largo de 30 años y lo acaban de ejercer directamente bloqueando toda iniciativa a favor del pueblo y en defensa de los poderosos de Colombia, a quienes les ha entregado toda la riqueza del país mediante concesiones o contratos de largo plazo, mientras el pueblo paga los más altos costos por bienes, servicios, salud y educación.

No hay edad de otro en la política colombiana, se han dado algunos pequeños cambios, pero la Constitución de 1991 está sin estrenar en materia de derechos fundamentales, sociales, económicos y culturales. Por eso Nietzsche, entonces, propone que la historia se ponga al servicio del futuro para construirlo, no pensando que la historia obedece a reglas o leyes sino como narrativas basadas en interpretaciones que puedan aportar a la construcción del porvenir deseado. Los campesinos deben ir por la tierra, pues ha sido de ellos, los indígenas por el rescate de valores ancestrales, y los trabajadores por más beneficios para ellos y sus familias. Eso no se logrará ni con el Uribismo ni con la derecha recalcitrante que lo apoya, ni con De la Espriella que ha manifestado públicamente que quiere destripar a sus enemigos. Ambos son un peligro para las generaciones de hoy y de mañana. El Pacto Histórico merece seguir gobernando, porque se ha visto inclusión, progreso, crecimiento económico y del turismo nacional e internacional más miles de obras que están favoreciendo a todas las comunidades, antes excluidas por el régimen capitalista que dirigió a Colombia hasta el 2022.

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